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¡Mamá, no me dejan subir al avión!

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04 mayo 2012 - 16:17

La compañía Malaysia Airlines acaba de prohibir a los niños el acceso al puente superior de sus A380. Y curiosamente a la vez florecen, por todos lados, los sondeos que afirman que 70% de los pasajeros de los aviones consideran a los niños (ajenos) como la primera fuente de molestia a bordo.

Esta voluntad de excluir algunas categorías de la población de los aviones de líneas regulares es una tendencia reciente. United Airlines lanzó este movimiento obligando a los obesos a reservar dos lugares (¡o ninguno!) en sus aeronaves. Easyjet también salto a los titulares prohibiendo el acceso a bordo a personas discapacitadas debido a la movilización "excesiva?"del personal que exigían tales clientes. Air Méditerranée siguió el ejemplo de ambas rechazando los sordos y los deficientes auditivos durante el embarque. Su fallo: no poder descifrar las consignas de seguridad anunciadas mediante los alta-voces (como tú y yo cuando por ejemplo viajamos en un vuelo de Air China y que no dominamos ni el chino ni el inglés).

Si seguimos así, ¿a quién le tocará luego? ¿A los roncadores, las personas muy ancianas, los deficientes visuales, los sucios o mal lavados, los demasiados grandes o pequeños, los charlatanes, los mudos, los incontinentes, los estreñidos, los deficientes mentales, los caprichosos, los angustiados, los sonámbulos, los que hablen fuerte? ¿Y cuando la discriminación ya se haya establecido en la mente de todos, solo tendremos que añadir criterios étnicos, sexistas o religiosos?

Por ahora, el blanco es el niño. Como si todos los niños del mundo sistemáticamente generarán el caos a bordo. Como si todos los embajadores del lema "mi confort ante todo" se hubieran olvidado que ellos mismos fueron niños, y probablemente no todos fueron modelos de educación, en vuelo, en tierra o en cualquier otro sitio. Como si ellos mismos no tuvieran niños o planearan tener hijos algún día. Como si el avión mismo debiera convertirse imperativamente en un santuario de silencio, de serenidad y de meditación.

Más allá de un egoísmo furioso que toma las formas de filosofía moderna, de una intolerancia feroz alimentada por las compañías aéreas mismas, estas actitudes tan inicuas como ilegales, aprobadas (según los sondeos) por la mayoría de los pasajeros, cuestionan todos los fundamentos de la convivencia en sociedad.

A la imagen del combate emprendido por Albert Jacquard, desde siempre, sigo convencido que el único criterio de éxito de una colectividad, de una sociedad, de un pueblo, reside en su capacidad a incluir, a hacer sentir al otro que es bienvenido, ya que tarde o temprano, lo necesitaremos.

De no ser así, los censores y otros frenéticos de la segregación terminarán solos, sin nadie a quien excluir.

Laurent Serfaty

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En resumen