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    Mi primera vez en un aeropuerto?

    14 septiembre 2012 - 16:27

    Aunque ya han pasado casi dos años, lo recuerdo como si fuese ayer. Era el último día de clase en la universidad antes de las vacaciones de Navidad. Aquel día tenía un examen de Empresa Informativa a segunda hora. Mi vuelo con destino Marrakech salía a eso de la una del aeropuerto de Barajas, asique debía darme un poco de brío si quería llegar a tiempo.

    En apenas veinte minutos acabé mi examen. Salí pitando del aula y corrí tan deprisa como pude hasta la boca de metro, con la conciencia un poco de aquella manera pensando que evidentemente había suspendido. En media hora llegué al aeropuerto. Era la primera vez que cogía solo un avión, y encima la terminal de Barajas me parecía un laberinto interminable repleto de mostradores y personas casi tan estresadas como yo.

    Me llevó algo así como quince minutos encontrar el mostrador de mi compañía. Menos mal que me dio por preguntar si necesitaba cumplir con algún requisito especial para viajar a Marruecos, porque además me acuerdo de que por aquellas fechas, las relaciones entre los dos países no andaban demasiado bien, debido a la controversia generada por la ocupación militar marroquí del El Aaiún, ciudad que en su día perteneció a la antigua colonia española del Sahara.

    Al parecer mi pasaporte debía de tener al menos 6 meses de validez. Como no era el caso, me toco darme otra paliza y salir corriendo hasta la comisaria de Barajas, que por cierto se encuentra en otra terminal, para renovarlo. Tras pagar 50 eurazos y aguantar alguna que otra broma por parte de los cuerpos de seguridad del estado ("¿Y tú como que te vas a Marruecos, solo y en la víspera de Navidad?, ¿No irás a trapichear, no?, ¿Qué vas de fumeteo o qué?") volví a salir a toda pastilla hacia la terminal desde la cual salía mi vuelo.

    Medio muerto, llegue hasta la teórica puerta de embarque, pero para mi asombro no había nadie. Me pareció bastante raro, asique pregunte a un guardia civil que andaba por la zona. El agente me confirmo lo que me temía: habían cambiado la puerta de embarque y para colmo, la nueva se encontraba en la otra punta del aeropuerto. ¡Bravo Gonzalo! Tocaba correr otra vez. Mire la hora en el móvil. Faltaban cinco minutos para el cierre de las puertas. Era prácticamente imposible llegar a tiempo. Desesperado, eche a correr tan rápido como mis agotadas piernas me permitían.

    Al cabo de unos minutos logre encontrar la nueva puerta de embarque; y temiendo que me dejasen en tierra, me dirigí directo como una flecha a preguntar a la azafata si aún estaba a tiempo de subir al avión. Sin embargo, antes de que pudiese abrir la boca, una voz hostil freno en seco mis intenciones al grito de "¡Donde vas so listo!, ¿no ves que la cola empieza aquí?". Lo cierto es que aunque las formas de aquella "simpática" señora no fueron las más correctas, sus palabras me sonaron a gloria. ¡Lo había conseguido, estaba medio muerto, pero había llegado a tiempo!

    Claro que mi júbilo no duro demasiado. Bajo la amenazadora mirada de "Miss Simpatía" me dirigí al final de la cola de embarque casi temiendo por mi integridad física. Había unas 150 personas delante mía, gente de todo tipo: Hombres de negocios, ancianos, Matrimonios con y sin hijos, parejas de todas las edades, jóvenes... Empecé a inquietarme un poco al ver que eran casi las dos menos veinte de la tarde y que nosotros seguíamos allí, pues teóricamente a esa hora ya deberíamos de estar volando hacía Marruecos. En ningún momento la compañía dio alguna explicación al respecto. Era la primera vez que estaba solo en un aeropuerto, asique pensé que era lo normal.

    Entre tanto, comencé a charlar con un hombre y una chica, que al igual que yo, llegaron en último momento deprisa y corriendo, pensando que ya era demasiado tarde. La verdad es que en aquellos momentos era de agradecer el tener un poco de conversación, así que su compañía me vino como agua de mayo. Ella tenía un par de años más que yo, estudiaba árabe y francés y vivía en Marrakech. Él era un tipo de semblante amable, pero con el cuerpo de un portero de discoteca. Al igual que yo, pensaban pasar las navidades en el Reino Alauí a pesar de los reproches de sus respectivas madres "Pero, ¿cómo se te ocurre irte en Navidades Gonzalo?, ¡Y encima a Marruecos!, ¡Tú estás mal hijo mío, esto no es normal!" Lo cierto es que les comprendía perfectamente…pues poco más y mi madre me deshereda.

    Sobre las dos y media comenzamos a embarcar. Recuerdo que el avión iba hasta los topes, no cabía ni un alfiler, todos los asientos estaban ocupados. ¡No, si al final iba a resultar que eso de irse a pasar las navidades a Marruecos era lo más normal del mundo!, pensé. No obstante, lo mejor estaba aún por llegar. Después de esperar una hora en la cola, nos tocaron otras dos horas de espera a bordo de la aeronave, y tal y como había sucedido antes, ningún operario de la compañía se dignó a darnos alguna explicación.

    Durante aquellas dos horas me dio tiempo a leer los dos periódicos que había comprado para entretenerme durante el vuelo, así como de conocer un poco mejor a aquel gigante bonachón que se sentó a mi lado, y que al final resulto ser todo un personaje. Al parecer, formaba parte de una "comunidad" espiritual, que era como una especie de cooperativa cuya sede se encontraba en una pequeña finca a las afueras de Zaragoza, en la que sus miembros convivían en perfecta armonía con la naturaleza. Vamos, una secta en toda regla.

    El panorama iba de mal en peor. No solo íbamos con tres horas de retraso, sino que encima durante las dos horas y pico que duró el vuelo, me vi obligado a soportar todo tipo de sandeces a cerca de la llegada de un nuevo mesías y la salvación de mi alma ante la cercanía del juicio final. Para colmo, mis amigos no sabían nada de mí. Ellos salieron a primera hora de la mañana, y teóricamente nos encontraríamos en el aeropuerto a eso de las cinco de la tarde. Como durante las dos horas que pasamos encerrados en el avión, no podíamos utilizar nuestros teléfonos móviles, ni siquiera pude avisarles de que llegaría tarde.

    Eran casi las ocho de la noche cuando llegue a Marrakech. El ambiente en el aeropuerto no era muy acogedor. Infinidad de militares armados hasta las cejas velaban por la seguridad de la zona, pero la verdad es que más que seguridad a mí me inspiraba todo lo contrario. Pase por el control de pasaportes en el que tuve que rellenar un cuestionario, y poco después me dirigí en compañía de mis compañeros de viaje a la parada del autobús, donde recibí un sms de mis amigos, preocupados pensando que me habían retenido en el aeropuerto u algo peor. Acordamos encontrarnos en la plaza de Yamaa el Fna, en el centro de la ciudad, algo que me asustó un poco, ya que me preguntaba cómo diablos iba a hacer para encontrarles.

    Menos mal que cuando salí del autobús, tarde menos de 20 segundos en ser reconocido por mis amigos Iván y Guillermo, quienes me abrazaron con todas sus fuerzas al haberse temido lo peor. Ironías de la vida, resulta que al final fue más fácil encontrar a dos personas entre la marea de gente de aquella enorme plaza, que la maldita puerta de embarque en el aeropuerto de Barajas…

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