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Dublín es una ciudad acogedora que respira cordialidad y versatilidad. Disfrutar de una buena pinta, hacer compras (a buenos precios), empaparse de la juventud de los habitantes, encontrar un buen libro? todo es posible. Pasear es la forma más agradable de conocer esta ciudad compacta, de raíces vikingas y de más de 1.000 años de antigüedad. Te sorprenderá la estética georgiana de sus fachadas, del siglo XVIII y muy bien cuidadas, incluso mejor que en la vecina Inglaterra. También encontrarás edificios de estilo medieval y moderno.
Sabe a cerveza negra y en especial a Guinness, mítica casa cervecera cuyo fundador, Sir Arthur Guiness, lo dio todo por la ciudad como la creación de una fundación para proteger la arquitectura propia de la época bajo los reinados de Jorge I a Jorge IV. Y la familia Guinness sigue impulsando mejoras, de forma que los irlandeses saben que si beben pintas de la mítica negra están contribuyendo en la financiación de la ciudad. En Dublín impacta el peso de zonas verdes: hay más de 800 parques para 1,8 millones de habitantes. Uno de ellos, el Parque Phoenix, es el mayor en superficie de Europa, con más de 700 hectáreas, que se conoce como «el pulmón de Dublín». Sorprende igualmente su ambiente pacífico: prueba de ello es que la Policía no va armada (como en todo el país). Jardines, museos, palacios, teatros, librerías, cines y pubs decoran las calles de coloridas puertas. Los pubs, en concreto, son el epicentro de los encuentros de los dublineses. De ellos se tiene constancia desde la Edad Media y en la actualidad se cuentan por decenas. El más antiguo, el Brazen Head, inició su actividad en 1198. Es, además, tierra de artistas, escritores y poetas. El dramaturgo Samuel Beckett (autor de «Esperando a Godot»); el escritor, poeta y dramaturgo Oscar Wilde; Jonathan Swift, creador de Guillver, y James Joyce, autor de la obra «Ulises», son sólo algunos de los genios de la literatura naturales de la capital irlandesa.



La postal más típica de Dublín la protagonizan las fachadas georgianas, y en especial el colorido de sus puertas. Al sur del río Liffey, que divide en dos a la ciudad, se encuentran varios barrios plagados de estas típicas casas, que actualmente hacen las veces de sedes bancarias, despachos de abogados, estudios de arquitectos, etc. Merrion Square o la calle Lower Fitzwilliam son dos buenas direcciones para contemplar algunos modelos. Sorprende la armonía de estos edificios cortados por el mismo patrón: puertas de color y embellecedores dorados; escaleras de bajada hacia un piso inferior (antiguas cuadras y estancias para el servicio) y cuatro pisos de altura, en los cuales va mermando el tamaño de las ventanas, estilizando así la estructura.
Uno de los barrios ineludibles es Temple Bar, el paraíso de la diversión por la gran oferta cultural y de ocio que ofrece. Conciertos, exposiciones o cualquier otro evento se celebran a diario tanto en los lugares míticos (Temple Bar Music, por ejemplo, que es toda una institución) como en los locales más modestos. El barrio es el gran lugar para salir de marcha, celebrar una despedida de solteros o festejar cualquier acontecimiento al ritmo de la música en un cálido pub.
Una buena dirección para mirar escaparates o directamente hacer compras es Grafton Street y las calles adyacentes, donde encontrarás tanto grandes firmas como comercios locales llenos de encanto. En muchas de las tiendas se puede adquirir ropa y complementos a precios más atractivos que en otras capitales europeas. Si estás dispuesto a pagar algo más, puedes hacerte con alguna prenda de lana de oveja, tejida artesanalmente, o llevarte algún recuerdo de la glamourosa Brown Thomas, una de las tiendas más caras de Irlanda. Prendas de lino o seda, así como objetos de cristal soplado son otros ejemplos de la artesanía irlandesa. Los establecimientos en Dublín cierran alrededor de las 18h., aunque algunos del centro permanecen abiertos una hora más. Además, los jueves, el día de cobro en Irlanda, muchas tiendas cierran más allá de las 21h.
Como en todo el país, las patatas son la base de la gastronomía. Muy ricas y presentes en casi todas las comidas, se suelen encontrar en forma de guarnición como puré, a la brasa o hervidas. Como buena isla, es una tierra rica en pescados y mariscos, entre los que destaca el salmón, las ostras, las cigalas, los mejillones, las vieiras y las langostas. En carnes, el cerdo y el cordero son los protagonistas de estofados y otros platos de cucharas así como las clásicas salchichas y la panceta de cerdo. Para maridar estas exquisiteces, lo mejor es apostar por la bebida nacional: la cerveza negra, de espuma consistente y siempre bien servida en cualquier pub de la ciudad. Como colofón del menú, un buen güisqui irlandés.
Circular en coche por el centro de Dublín, ya que la hora de parking alcanza una media de 2,5 euros: el transporte público funciona muy bien y es una ciudad totalmente abarcable para el peatón.
Ir sin monedas al coger un autobús ya que los conductores no están obligados a dar cambio. Si se entrega más dinero de la cuenta, habrá que recoger las vueltas en las oficinas de la empresa de autobuses.
Reservar mesa antes de acudir al restaurante ya que en caso contrario se tendrán todas las de ganar para quedarse sin comer. Los horarios a tener en cuenta en las comidas son: de 12 a 14h. y de 18 a 20h. Lo mismo sucede para salir de marcha: más vale empezar pronto la juerga ya que los pubs cierran a las 12 de la noche y las discotecas a las 3:30h. de la madrugada.
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