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Los paisajes de Isla Mauricio están íntimamente vinculados al mar, a los campos de caña de azúcar y a las montañas. Culminando en la Armella del Río Negro (828 m) al sur, la isla posee un relieve variado: cumbres almenadas (picos de las Tres Ubres), gargantas (meandros del Río Negro), así como numerosas colinas arboladas. El interior de la isla merece ser recorrido en profundidad para descubrir sus riquezas naturales.
La caña de azúcar ocupa un 90% de las tierras cultivables. Desde la costa, y hasta las montañas del centro de la isla, sus altos y verdes tallos ocultan el paisaje, entre marzo y septiembre. Las carreteras parecen convertirse en zanjas practicadas en las plantaciones. Cuando se cortan las cañas, la isla recupera sus picos rocosos y sus montañas de singulares siluetas. También son muy curiosos los campos que se adentran en los terrenos volcánicos, sembrados de piedras negras. Éstas se agrupan, formando unos montículos que pueden alcanzar los 10 m de altura. Se trata de una de las particularidades de la isla.
Pese a no alcanzar los niveles de las de la vecina isla de Reunión, las cumbres de Mauricio permiten, sin embargo, a todo aquél que lo desee realizar bonitos paseos. Cerca de Port Louis, el Pieter-Both, el Pouce y la Montaña des Signaux forman una barrera protectora alrededor de la capital. También es posible bañarse en las numerosas cascadas perdidas entre las colinas. Las cataratas de Rochester, cerca de Souillac, permiten descubrir las rocas esculpidas en escalera por el agua. En el sur, la carretera de las gargantas del río negro, la Rivière Noire, ofrecen unas vistas únicas de todo el sur de la isla.
En la región del suroeste, en Chamarel, se produce un fenómeno geológico que tinta la tierra de numerosos colores. El terreno de esta colina adquiere decenas de tonalidades en función de la luz, mostrando reflejos rojizos, amarillentos, ocres o anaranjados... un espectáculo que, lógicamente, alcanza su esplendor al caer la tarde.
Éste es, sin duda alguna, uno de los jardines botánicos más bellos del mundo. Situado en el norte de la isla, en el pueblecito de Pamplemousses, fue edificado por orden de Pierre Poivre en el s. XVII y presenta una selección de maravillosas plantas recogidas en los trópicos por este ilustrado y apasionado botánico del monarca francés Luis XV. Palmeras botella, lotos, ficus de todo tipo y, por supuesto, nenúfares gigantes del tipo Victoria (cuyo nombre proviene de la celebérrima reina de Inglaterra), majestuosamente dispuestos en maravillosos lagos que inspiran serenidad.
Al sur de la isla, las colinas de Bois Chéri acogen varias plantaciones de té que ocupan cientos de hectáreas. Durante la recolección, las cosechadoras comienzan a trabajar con las luces del alba. Tan solo quitan las dos o tres primeras hojas de los tallos. Después, el té se transporta a la planta en la que se seca y se deja marchitar durante 48 horas. A continuación, fermenta a temperatura ambiente durante una hora y media. La fermentación se detiene mediante un tratamiento de calor a 110 °C, durante 10 minutos. Una vez clasificadas en función de su tamaño, las hojas de té deben macerar durante un mes. Por último, se aromatizan con vainilla, mediante la impregnación con aceites esenciales, logrando el característico aroma del té mauriciano.
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