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hotel Royal Tahitien
Un establecimiento mitad hotel, mitad pensión familiar. La decoración, que parece no haber salido de los años 60, satisfará a los amantes de esta época. Situado en las afueras de la parte este de Papeete, junto a una playa de arena negra con poco encanto, el Royal Tahitien ofrece sin embargo un marco agradable, alojamiento bien conservado y un restaurante con encanto.
Papeete se encuentra a 3 km (10 min) y el aeropuerto a 7 km (20 min) del hotel.
El Royal Tahitien, situado a 3 km al este de Papeete, suele ser particularmente difícil de encontrar. Para llegar a él, hay que coger la carretera de cuatro carriles en dirección este hacia Arue, y hacer un cambio de sentido en la glorieta situada tras el centro de mando militar del Pacífico; a continuación, hay que volver en dirección a Papeete y girar justo antes de la gasolinera Mobile.
La playa no merece la pena. El hotel cuenta con una, pero es demasiado estrecha y está cubierta de arena negra con un fuerte desnivel en el agua. Además, el entorno no resulta cautivador, ya que en la parte izquierda, a lo lejos, se encuentran las inmensas reservas petroleras del puerto de Papeete. El Royal Tahitien tampoco dispone de club náutico, pero el de Papeete está bastante cerca.
Nada más llegar a la recepción podemos comprobar el estilo del hotel: una decoración basada en los años 60 con muebles de formica y colores que hoy en día ya no se estilan. El Royal Tahitien ofrece una vuelta al pasado, incluso en lo relacionado con la arquitectura. El marco y el ambiente se asemejan más a una acogedora y pequeña pensión familiar que a un hotel. Situado en un barrio residencial y junto al mar, está formado por dos edificios de dos niveles que incluyen un total de 40 habitaciones. La decoración depende de los gustos de cada uno, pero no se puede negar lo bien cuidado que está, sobre todo el parque, con una espléndida vegetación: flamboyanes, árboles de caucho, un pequeño arroyo cubierto de flores de loto... En cuanto a las instalaciones: nada especial, tan sólo una agradable y pequeña piscina equipada con tumbonas y un jacuzzi de dimensiones considerables.
Tendrás la sensación de estar en un museo dedicado a los años 60: desde los muebles de formica a los colores y los motivos decorativos, todo parece original. Eso sí, las 40 habitaciones son coquetas y acogedoras. Cabe destacar el balcón con vistas al parque. Las comodidades en las habitaciones son las básicas: teléfono, nevera y televisión si se solicita (gratuita). En cambio, los baños resultan bastante feos, con muebles de muy dudoso gusto. Está prevista una renovación de éstos últimos a lo largo del año 2007. Por último, cabe destacar el único bungalow junto al mar (previo pago de un suplemento).
El restaurante es, además del parque, el otro punto fuerte del hotel. Ocupa un bonito comedor aireado y ubicado junto al mar; cuenta con una terraza, en la que se sirve el desayuno, y un bar. Las paredes y el techo del restaurante están cubiertos de cestería. La original decoración y una interesante carta contribuyen a atraer una gran cantidad de clientela local. La carta dispone de una gran variedad: 6 entrantes, 10 pescados, 10 carnes y una rica quincena de postres. La selección de vinos es asimismo muy correcta. El precio de un plato o de una botella de vino es de 20 a 25 euros.
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