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El Barceló Capella está ubicado en la zona turística de categoría media de Juan Dolio, en el sur de la República Dominicana, en la costa caribeña, a 60 km de la capital Santo Domingo (50 min). El aeropuerto Las Américas de Santo Domingo está a 35 km (30 min).
El Barceló Capella forma parte de los mejores hoteles de la zona turística de Juan Dolio gracias a la calidad de sus instalaciones y a los servicios y actividades que ofrece. Sin embargo, Juan Dolio sigue siendo Juan Dolio: el famoso color azul turquesa del mar del Caribe no está presente en este rincón de la República Dominicana. Es una pena ya que ése es uno de los pocos inconvenientes que tiene este acogedor hotel.
El hotel, construido en 1989 y reformado en 1998, ofrece un confort estándar sin ningún tipo de excentricidades. Los edificios de tres plantas, en los que hay montones de habitaciones, salpican los alrededores de las dos grandes piscinas, centros neurálgicos del lugar, situadas en un jardín que presenta una gran diversidad de árboles acogedores. Al igual que en otros hoteles de la zona, muchos dominicanos se desplazan hasta aquí los fines de semana. La música y la animación son un poco ruidosas, pero se puede solicitar alojarse en un edificio más apacible (con música tranquila como hilo musical). El gigantesco teatro, situado a la izquierda de la recepción, y una discoteca, cerca de la playa, están abiertos toda la noche. Las frondosas alamedas están en muy buen estado. El personal es amable. Un tobogán, un poco retirado de las piscinas para adultos, sirve de punto de unión entre los dos estanques para niños. El conjunto está sumergido en una vegetación exuberante.
Las 500 habitaciones del Barceló Capella son muy amplias (aprox. 40 m²) y muy confortables. Todas están equipadas conforme al estándar internacional. A saber: cuarto de baño de mármol con bañera y secador de pelo, climatización individual, teléfono con línea directa para llamadas internacionales, televisión satélite y caja fuerte. El único pero está en los edificios en forma de U, ya que los balcones están muy juntos y apenas dejan espacio para la intimidad. Las suites, situadas en un edificio independiente de tres plantas con ascensor, disponen de jacuzzi. Se recomienda solicitar una habitación que dé al paseo marítimo: es como si te mojaras los pies en el agua.
El hotel dispone de cuatro restaurantes, además de un bar cafetería y dos bares. En el restaurante principal, en el que se encuentra el bufé conocido como El Batey de la Costa, se han acondicionado dos grandes salas y una más pequeña para los no fumadores. El ambiente puede ser un tanto ruidoso cuando se cena a la misma hora que todo el mundo. La comida es internacional y de calidad medianamente aceptable. El restaurante El Pescador también sirve comida en forma de bufé cerca de la playa y ofrece cocina internacional en un entorno más íntimo. Las mesas están situadas bajo una gran choza en el exterior. El restaurante parrilla Las Olas, situado a pocos metros, está decorado con elementos de colores locales y ofrece un servicio a la carta con carnes a la parrilla y pescados. El restaurante para gastrónomos Chez Fontaine es el único en el que hay que reservar mesa y en el que hay que pagar un recargo (25 dólares). Tal y como indica su nombre, ofrece especialidades francesas en un entorno romántico de luces tamizadas.
Para ir a la playa, hay que salir del hotel, cruzar una carretera y coger una pasarela de hormigón que lleva hasta el pueblo y que desemboca directamente en la arena de la playa. La playa privada del hotel no es muy romántica, pero está muy bien acondicionada: bar y bufé a discreción, tumbonas a la agradable sombra de unos imponentes almendros, servicio de seguridad activo las 24 horas del día (muy útil), centro de actividades náuticas y animadores. La gran playa de Boca Chica te espera al otro lado de un pequeño muro. La playa está muy abarrotada los fines de semana y no tiene sombra alguna. Chicas que hacen trenzas y vendedores de todo tipo recorren la playa de un extremo a otro. Debido a la suave pendiente, es necesario adentrarse en el mar más de cincuenta metros para que el agua te llegue hasta el ombligo. Ideal para niños, aunque no tanto para nadadores que ven como las embarcaciones motorizadas recogen a los turistas demasiado intrépidos (no existe canal de navegación). Los más atrevidos pueden ir a nado o en kayak hasta las dos pequeñas islas de coral situadas antes de la barrera coralina.
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