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Desde Saint-Leu a Saint-Philippe, en la costa sur se desgranan cabos rocosos, desprendimientos de lava y playas con franjas de filaos o de cocoteros. Salpicados de casas criollas tradicionales, los pueblos surgen en un recodo de la carretera o en el borde de una colina. En el seno de esta naturaleza lujuriosa y generosamente preservada, se sigue viviendo como hace medio siglo, escuchando latir el pulso del volcán piton de la Fournaise.
El alma de la Reunión sigue modelando la vertiente este de la isla al ritmo de sus erupciones, una cada año, sin gravedad la mayoría de las veces. Tierra agrícola, el Sur también está dominado por campos de caña, refinerías y "cachalotes". Éstos últimos no son cetáceos marinos, sino camiones con remolques cargados de cañas. En esta región, los "cachalotes" pueden prenderse fuego o volcar, como a veces informan las noticias de la radio. Esta no es sino una de las sorpresas que reserva el Sur, una comarca con un encanto auténtico y de los más interesantes. A lo largo de la costa sur, la barrera de coral está mucho menos desarrollada que en Saint-Gilles. La laguna se entrecorta con numerosos pasos y sobre todo, las playas son distintas de las del Oeste. En Saint-Leu, la arena está formada por granos blancos y negros debido a su doble origen coralino y volcánico. Más al sur, en Etang-Salé, la playa es completamente negra, con granos de arena muy finos. Aún más al sur, en Grande-Anse, una preciosa playa de arena blanca es la excepción de la regla.
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Un amanecer en la cima del volcán piton de la Fournaise. No al contrario, las nubes estropean la vista a última hora de la tarde. Los atrevidos harán el camino de noche: 2 horas y media de trayecto desde Etang Salé o Saint-Pierre hasta el paso de Bellecombe. El resto reservará una cama en el albergue del volcán, a pocos centenares de metros del paso de Bellecombe. También hay que ver la playa de Grande-Anse: de arena blanca, rodeada de cocoteros y sin construcciones alrededor.
La actividad que se debe privilegiar en el mar: el submarinismo (posible bautizo para quienes no lo hayan practicado nunca). En tierra: rafting, descensos en tirolesa, parapente, BTT o simplemente la marcha a pie. También hay que buscar tiempo para explorar en coche la nacional 2 desde Sainte-Rose a Saint-Philippe. Esta carretera costera cambia de aspecto con cada erupción del volcán. Coladas de lava, selva tropical... y pueblos junto a las pendientes por donde se vierte la roca fundida.
Una botella de ron aromático (envejecido con vainilla, especias o frutas). Vainilla bourbon (en vaina o en forma de extracto). Confituras de frutos exóticos (piña, guayaba, litchis). Flores tropicales (embaladas en un embalaje especial, aguantan sin problemas el viaje en avión). Para probar todos estos sabores incluso antes de ir allí, se puede visitar la web www.colipays.com.
Un curry de pollo o un rougail de salchicha. La receta siempre tiene más o menos los mismos ingredientes: tomate, cebolla, un poco de guindilla (para dar sabor, nada más) y especias (jenjibre, curcuma). Este plato es barato y figura en el menú de todos los restaurantes, incluso de los más modestos. Se puede pedir sin dudar. También hay que probar, si es posible, la carne de ciervo. Es famosa.
Elegir un hotel en el sur para las playas. Como son de origen volcánico, su arena es gris o negra (salvo Grande-Anse). La arena absorbe más rápidamente el calor del sol y la orilla del agua no se parece en nada a una postal. En cambio, el sur es muy propicio para una estancia tranquila y sobre todo para realizar excursiones al volcán piton de la Fournaise y a la costa este.
En la montaña, el tiempo sólo está despejado por la mañana temprano. A partir de las 10:00-11:00 se empiezan a formar nubes en las cimas. Este parasol natural hace bajar rápidamente la temperatura, por lo que hay que prever un jersey y anorak. No olvides tampoco que la temporada alta (de noviembre a marzo) no es la mejor época para visitar la isla: los hoteles están a tope, los precios son elevados y hay riesgo de ciclones.
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